Gente sin recursos pide comida en la terminal de Matanzas
Personas sin recursos se acercan a pedir pan o café. Testimonios reflejan el aumento de la necesidad y la pérdida de clientes habituales.

La mañana avanza lentamente entre los kioscos que rodean la terminal de ómnibus nacionales de Matanzas. El ruido de los motores que llegan y se marchan se mezcla con el olor a café recién colado y a fritura. Bajo los techos improvisados, sostenidos por puntales de hierro y madera, se repite una escena cada vez más frecuente: hombres y mujeres que se acercan a los mostradores no para comprar, sino para pedir.
A los viajeros con maletas y a los choferes de paso se suman rostros conocidos por los dependientes. Personas que llegan sin dinero en los bolsillos y con el estómago vacío, buscando un poco de agua, un pedazo de pan o una tacita de café que les ayude a resistir la jornada. No siempre son ancianos ni mendigos tradicionales. Muchos visten ropa limpia, caminan erguidos y conservan un aire de dignidad que contrasta con la necesidad que los empuja a extender la mano.
En uno de los kioscos pintados de verde, donde un dibujo de un cocinero sonriente intenta dar un toque alegre al lugar, Yania atiende detrás del mostrador. Lleva años trabajando en la zona y asegura que nunca había visto una situación como la actual. “Algunos de ellos vienen hablando en voz baja, con mucha vergüenza, casi implorándome para que les regale una tacita de café o un pedacito de pan sin nada adentro”, comenta mientras limpia con un paño una superficie que ya ha perdido el brillo.
Las cifras han subido tanto en los últimos meses que muchos clientes habituales han dejado de aparecer.
Las cifras han subido tanto en los últimos meses que muchos clientes habituales han dejado de aparecer.
“Aquí el sándwich más barato cuesta 200 pesos y si doy algo gratis, lógicamente luego tengo que pagarlo de mi bolsillo. La verdad es que se me parte el corazón viendo a tanta gente pasar necesidad. En las caras se les nota que no son inventos, que están pasando mucha miseria”, cuenta.
A pocos metros, frente a otro punto de venta, dos hombres esperan su turno. Cerca de ellos, la pizarra lleva escritos los precios con tiza blanca: pizza, croqueta, refresco. Las cifras han subido tanto en los últimos meses que muchos clientes habituales han dejado de aparecer. En su lugar, han llegado otros que no compran nada, pero se quedan cerca, observando, con la esperanza de que alguien les regale un poco de comida.
Mientras algunos negocios comienzan a cerrar por falta de electricidad o por escasez de productos, hay quien se aferra a cualquier oportunidad para conseguir algo de comer. “Ese señor que acaba de irse se pone al lado del kiosco, pidiéndoles dinero a los clientes que llegan para comer algo”, cuenta Yania señalando discretamente hacia la acera. “Ya el dueño de aquí varias veces le ha llamado la atención, pero el hombre sigue viniendo todos los días, a la misma hora”.
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