De símbolo de orgullo industrial a ruina tóxica: la fábrica de cervezas Tínima sucumbe ante la negligencia estatal
La fábrica de cervezas Tínima en Camagüey pasó de orgullo industrial a ruina tóxica, con escapes de amoníaco y abandono por negligencia estatal.

De símbolo de orgullo industrial a ruina tóxica: la fábrica de cervezas Tínima sucumbe ante la negligencia estatal
El 23 de diciembre de 1985, Fidel Castro inauguraba en Camagüey “la más moderna y hermosa fábrica de cerveza de Cuba, construida con solidaridad y heroísmo en tiempo récord”. Levantada con tecnología de la antigua República Democrática Alemana, llegó a producir hasta 500.000 cajas por mes en 1989.
Su nombre fue elegido por el pueblo mediante una encuesta popular como tributo a la identidad local. Hoy, décadas después, los camagüeyanos contemplan impotentes las ruinas de lo que un día fue un emblema.
El abandono tiene consecuencias mortales. El 12 de julio de 2022, un escape de amoníaco en la planta obligó a evacuar y trasladar al hospital a 12 estudiantes del preuniversitario Máximo Gómez Báez, colindante con la instalación.
Esos escapes han sido descritos como “esporádicos pero un peligro que ha amenazado a los estudiantes por décadas”. La causa: falta de mantenimiento. Una convirtió una fábrica modelo en un cascarón venenoso.
La fábrica contaba con tres líneas de embotellado para botellas de 350 ml y 500 ml, con una capacidad potencial de un millón de hectolitros anuales. En su mejor momento, 1989, producía medio millón de cajas al mes. El nombre elegido por votación popular, Tínima, evocaba la identidad más profunda de Camagüey.
Pero el régimen dejó morir la maquinaria, los techos se hundieron, las líneas de producción se oxidaron.
Si hacemos cuentas, en toda la isla, fábricas que un día fueron motivo de orgullo nacional yacen en el olvido: ingenios azucareros, plantas lácteas, talleres mecánicos. La tecnología de los años ochenta —cuando el bloque del Este aún sostenía la economía cubana— se ha vuelto obsoleta por falta de refacciones, inversión y voluntad política.
Ni siquiera hay planes de rescate. Tampoco hay inversiones anunciadas. No hay responsables enjuiciados por los escapes que durante años amenazaron a los estudiantes del preuniversitario vecino. El régimen insiste en culpar al “bloqueo” de la falta de mantenimiento, pero el bloqueo no impidió que en los ochenta la fábrica funcionara a pleno rendimiento.
Los directivos actuales y pasados de la industria cervecera cubana, los funcionarios del Ministerio de la Industria Alimentaria, no son víctimas de las circunstancias. Son cómplices de un sistema que prefiere dejar morir el patrimonio industrial antes que admitir que su modelo no funciona.
Y la ya mencionada catástrofe del 2022 son solo el síntoma más visible de esa indiferencia criminal.
El pueblo eligió su nombre, pero no eligió su destino. Y mientras los cubanos lamentan la Tínima, el gobierno ya está pensando en importar cerveza para sus hoteles de lujo. Porque en la isla, la nostalgia se toma con amargura. Y sin espuma.
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